¿Vemos lo que fotografiamos?

¿Vemos lo que fotografiamos? (Recordando a Corrales).

Sin pretenderlo esta pregunta me ha proyectado al pasado, y me ha cuestionado de forma considerablemente mi concepto fotográfico, visual y audiovisual del presente. La tecnología digital y su tremendo desarrollo han permitido que todos tengamos acceso a herramientas poderosas para construir relatos visuales. Esta ventaja, sobre lo casi inaccesible que eran antiguamente las cámaras de cine o fotos, ha permitido que toda la sociedad pueda formar parte de ese inmenso relato visual que forman hoy las redes. Han abierto nuevos horizontes comunicativos, y tejido nuevas redes de socialización, basadas en la virtualidad.

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¿Pero que hemos perdido?

Pues, a mi juicio, esa capacidad de mirar y observar el momento, de proyectarlo como imagen en nuestra mente, esa tremenda capacidad de anticiparnos.

Cuando hace mas de 20 años estudiábamos fotografía y cine, filmábamos en celuloide, o trabajamos con negativos fotográficos, los grandes maestros hacían hincapié en educar la mirada para capturar el instante preciso, antes incluso que este sucediera. Si a eso le añadíamos que en ocasiones solo teníamos 36 fotografías de un rollo de película para realizar dos reportajes, entonces cada fotograma, cada imagen captada, debía ser precisa, pensada, estudiada, perfecta. De ahí que fuera una época gloriosa de grandes maestros de la imagen que se estudian todavía en la actualidad.

El dispositivo entonces debe ir acompañado de la mirada. De esa percepción crítica del momento, de aquel conocimiento que te embarga y que quieres captar para expresar, en un relato visual o audiovisual un mensaje, un contenido, una idea.

Esta pequeña reflexión, entre académica y pasional, me trae una linda anécdota que comparto con mis compañeros.

Una tarde de sol, en la playa de Cojímar, Cuba, mientras entrevistaba al gran maestro de la fotografía cubana Raúl Corrales, me contó, entre café y tabaco, y con la brisa del mar como testigo, que la primera vez que fotografió al premio nobel de literatura Ernest Hemingway, fue por un encargo que le realizara la revista Bohemia.
Resulta que cuando llego a la redacción a recoger su equipo, le entregaron un solo rollo de película. Raúl protestó, como iba a montarse con Hemingway y echarse a la mar con un solo rollo de película. Es lo que hay Raúl, no tenemos más, tendrás que apañártelas con eso, le contestaron.

El maestro se dispuso entonces a subirse en la barca del escritor, bautizada con el hermoso nombre de El Pilar, en honor a la Virgen de Zaragoza, fabricada en el mejor roble y caoba de la isla, y capitaneada por el inseparable amigo Gregorio Fuentes. Me contaba Raúl, entre risas y recuerdos, que estaba algo nervioso, pues sabía que tenía una oportunidad única de fotografiar al gran escritor en unas de sus grandes pasiones, la pesca. Cada foto disparada tenía que ser perfecta, bien iluminada, con una composición impecable y llena del mensaje que pretendía expresar.

De aquel día quedan las magníficas fotografías que tomara Raúl Corrales, 36 exposiciones que hoy recorren muchos museos y colecciones personales. Queda la amistad que se forjó para siempre entre los dos artistas, y que perduró hasta sus muertes. Queda la historia en mi recuerdo, que gracias a la pregunta de mi compañero ha vuelto a mi memoria.

Y queda una respuesta. ¡Sí!… Corrales sabía lo que fotografiaba.

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